El colesterol se define como un lípido presente en todas las células del cuerpo humano. Desempeña funciones diversas: interviene en la producción de hormonas, ayuda en la síntesis de la vitamina D, conserva la estructura de las células, etcétera, por lo que no es un elemento intrínsecamente perjudicial para la salud. Sin embargo, un exceso de colesterol en sangre aumenta el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, una realidad que cualquier especialista en cardiología en Pontevedra puede confirmar.

Para evitar que este «alcohol esteroídico, blanco e insoluble en agua», como lo recoge el DRAE, pueda bloquear el flujo de sangre en las arterias, deben adoptarse una serie de medidas eficaces. En primer lugar, debe modificarse la dieta para reemplazar las grasas «malas» por las saludables, es decir, las grasas insaturadas como los ácidos grasos omega 3. Limitar el aporte de calorías en la alimentación implica suprimir o reducir la ingesta de lácteos, frituras, alimentos procesados, chocolates y otros similares.

Una rutina diaria de ejercicio físico es muy beneficioso para los afectados por un colesterol elevado. En forma moderada, los paseos en bici o a pie, la natación y otras actividades aeróbicas favorecen el colesterol «positivo», esto es, las lipoproteínas de alta densidad. La actividad física incentiva la pérdida de grasa corporal que diversos estudios asocian con un mayor nivel de colesterol en sangre.

Respecto a los estanoles y esteroles vegetales, estos compuestos naturales (formalmente llamados fitoesteroles) son un aliado bastante desconocido del exceso de colesterol. Se encuentran en los alimentos más saludables de la despensa (frutas, verduras, aceites vegetales, frutos secos, etcétera).

Además, abandonar hábitos poco saludables, como fumar, también tendría un efecto benéfico en las personas con problemas de colesterol. El alcohol, las bebidas azucaradas y los snacks salados y otros aperitivos poco saludables tampoco son bienvenidas en la dieta.