La ruta xacobea en Vilagarcía de Arousa despierta cada año la curiosidad de peregrinos intrépidos, turistas despistados y curiosos locales que juran que “esto antes no tenía tanto movimiento”. ¿Será por el influjo mágico del Camino, por el vino albariño que corre por sus venas o por la promesa de atardeceres sobre la ría imposibles de olvidar? Nadie lo sabe, pero quien camina por estos lugares pronto entiende que en Galicia el tiempo se mide en pasos, no en horas.

Pocos viajes poseen tanta carga histórica, mística y culinaria como la Ruta Xacobea: con sus historia, paisajes y consejos para el camino. Navegar, cruzar y andar bajo la lluvia gallega tiene algo de épico, casi de novela de caballerías, donde los protagonistas trocan corceles por botas impermeables y escudos por chubasqueros. Desde el siglo IX, cuando el sepulcro del apóstol Santiago fue descubierto por un ermitaño menos ermitaño de lo que parecía, la ruta ha funcionado como un hilo invisible que cose Europa de punta a punta y termina en la impresionante plaza del Obradoiro, donde los peregrinos, agotados y felices, a veces sospechan que han llegado al final del mundo.

A diferencia de los caminos más transitados, la ruta xacobea en Vilagarcía de Arousa añade un giro marítimo que muchos desconocen. Por aquí discurre la llamada Variante Espiritual, una senda ideal para espíritus creativos (y para quienes no pueden decidir entre andar o navegar). La ría de Arousa, salpicada de bateas, brilla bajo el sol y convierte el esfuerzo del día en un desfile constante de paisajes que parecen postales: marismas, viñedos y bosques en un despliegue de verdes que harían sonrojar a más de un nórdico. Los atardeceres en Carril, con sus famosas almejas y los crujidos del madero bajo tus pies, pueden sellar una experiencia que mezcla lo divino con lo terrenal de la mejor manera posible.

Historia hay para aburrir, pero no es de esas que te contaba el profe del cole: aquí se habla de milagros, leyendas de reyes y monjes, y hasta conspiraciones medievales. De Vilagarcía de Arousa, la ruta remonta la ría hacia Padrón siguiendo la estela fluvial del cuerpo de Santiago traído por mar, un trayecto que cada año revive con la “Traslatio”, evento mitad procesión, mitad fiesta pagano-espiritual llenando las aguas de embarcaciones coloridas que parecen competir en creatividad y pasión. Aquí el buen humor es casi una obligación: ¿quién sino un gallego se atrevería a organizar carreras de barcos por motivos religiosos?

Entre mojones en espiral y flechas amarillas que parecen guiñarte un ojo, el peregrino descubre secretos que no aparecen en las mejores guías. Por aquí se aprende a valorar un buen chubasquero, a bendecir cada bocadillo de empanada y, sobre todo, a distinguir si esa ampolla es digna de manjar romano o de tratamiento medieval. La hospitalidad gallega, ese arte ancestral de convertir a extraños en familia, se vive a cada paso y en cada hostel, pero también en las historias compartidas al calor de una queimada o una taza de caldo de grelos.

Si la historia y los paisajes son razones de peso, la ruta no sería la misma sin los consejos que pasan de boca en boca: lleva lo imprescindible, pero no lo olvides todo por querer ir ligero; cuida cada paso, pero déjate llevar por ese impulso loco de desviarte para ver una ermita oculta o probar el mejor pulpo de la costa. El clima te pondrá a prueba, porque aquí el sol se oculta como quien esconde un tesoro y la lluvia aparece para recordarte que la belleza gallega se riega todos los días. Y cuando el cansancio pese más que la mochila, basta mirar a tu alrededor para recordar por qué comenzaste este viaje: porque el Camino tiene la costumbre de regalar más de lo que quita, especialmente a quienes lo abrazan sin miedo a mojarse los pies, ni a llenar los pulmones de salitre y aire fresco.

Qué duda cabe de que la Ruta Xacobea es un cúmulo de sensaciones, de aromas a mar, nostalgia y camaradería. Tanto si eres devoto, senderista profesional, amante del slow travel o simplemente alguien que quiere perderse para encontrarse, el retorno siempre tiene más sabor a hogar del que imaginabas. Pocos caminos permiten reírse de sí mismo cada vez que te caes en un charco o te pierdes una vez más entre dos marismas idénticas. Quizá sea esa la verdadera magia que mantiene vivo, año tras año, el legado del Camino y su inagotable ruta xacobea en Vilagarcía de Arousa.