Sanxenxo es, indiscutiblemente, la capital turística del verano gallego, un epicentro de bullicio, playas abarrotadas y vibrante vida nocturna. Sin embargo, cuando el último turista de agosto se retira y las luces de las terrazas se atenúan, la villa revela una identidad completamente diferente, más serena y, para muchos, más auténtica. El viajero que decide visitarlo seguro que no sabe que hacer en  Sanxenxo en invierno no busca el destino que aparece en las postales estivales; busca una experiencia de desconexión, lujo gastronómico y contacto directo con la crudeza del Atlántico.

La actividad principal cambia radicalmente. El visitante invernal sustituye la toalla y la sombrilla por el calzado de paseo y un buen abrigo. La playa de Silgar, irreconocible sin la multitud, se convierte en un extenso arenal para el paseo solitario, donde el único sonido es el murmullo constante de las olas. Recorrer el paseo marítimo, desde el puerto deportivo hasta la punta de la playa, se transforma en un ejercicio de introspección, disfrutando del aire salino y de la arquitectura de un pueblo que descansa.

El mar, en esta época, no es para el baño, sino para la contemplación. El viajero busca los días de temporal, acercándose a miradores como el de A Lanzada para observar el espectáculo del océano embravecido rompiendo contra la costa. Es una visión poderosa que redefine la relación con el litoral.

La gastronomía es, quizás, el pilar central de la visita invernal. Sanxenxo y sus alrededores, como Portonovo, ofrecen en invierno su mejor cara culinaria. El visitante descubre que los restaurantes que permanecen abiertos son a menudo los de mayor calidad, aquellos que sirven al público local durante todo el año. El invierno coincide con la mejor temporada de mariscos, como la centolla, la nécora o el percebe. El viajero puede disfrutar de un producto excepcional sin las aglomeraciones ni los precios inflados del verano, en un ambiente tranquilo y sosegado.

Además, Sanxenxo en invierno sirve como un perfecto campamento base. El visitante aprovecha la calma para usarlo como punto de partida y explorar, sin prisas, enclaves cercanos como Combarro, O Grove, la Illa de Arousa o incluso Pontevedra. Al regresar, muchos optan por el recogimiento que ofrecen los hoteles con spa y talasoterapia, combinando la vista del mar frío desde una piscina climatizada. El lujo, en el Sanxenxo invernal, no es la agitación, sino el espacio, el silencio y la paz.