Llegó un momento en que el ruido de la rutina me sobrepasó. Las notificaciones incesantes en la pantalla, el zumbido de las conversaciones apresuradas y esa urgencia constante por resolver problemas ajenos me dejaron una fatiga densa en la cabeza. No necesitaba unas vacaciones convencionales con maletas pesadas ni listas de monumentos que tachar en un folleto; necesitaba parar en seco. Con una muda sencilla y un par de botas usadas en el maletero, puse rumbo hacia el interior de Galicia para refugiarme durante cuatro días en una pequeña aldea de piedra cobijada entre fragas centenarias.

El aislamiento fue total desde el primer instante. En cuanto la carretera asfaltada dio paso a una pista de tierra batida y la cobertura del teléfono móvil se desvaneció por completo en la pantalla, sentí un leve vértigo seguido de un alivio descomunal. Me alojé en una antigua casa de labranza restaurada con vigas de castaño y gruesos muros de granito que retenían el fresco de la mañana. No había televisores ni relojes visibles en las paredes; solo el tintineo del agua corriendo por una levada cercana y el susurro continuo de las hojas mecidas por el viento del norte.

Mi día a día se despojó de cualquier artificio. Las mañanas comenzaban temprano, cuando la niebla espesa aún envolvía las copas de los robles y el suelo desprendía ese aroma inconfundible a tierra húmeda, helecho y corteza mojada. Salir a caminar sin rumbo fijo por senderos tapizados de musgo profundo se convirtió en mi mejor meditación. Cada paso crujía suavemente bajo la suela; el aire que entraba en los pulmones era limpio, frío y cortante, de esos que despejan la garganta y templan el ánimo en cuestión de minutos. Sentarse sobre una peña de cuarzo a contemplar el curso de un regato transparente devolvía a la mente una serenidad que creía perdida.

La comida también recuperó su sentido original. Lejos de menús sofisticados o prisas de restaurante, compartí platos sencillos cocinados al calor de la lareira: una taza de caldo gallego humeante con su unto tradicional, pan de centeno de corteza crujiente y manzanas asadas con un toque de miel silvestre de la zona. Saborear cada bocado despacio, sin pantallas delante ni prisas por levantarse de la mesa, fue una cura de humildad para el estómago y el espíritu.

Al caer la noche, la oscuridad gallega era absoluta, limpia de contaminación lumínica, salpicada únicamente por un manto de estrellas que parecía desplomarse sobre el valle. Calentar las manos junto a las brasas de la leña mientras leía un par de páginas antes de dormir me devolvió un descanso profundo, sin sobresaltos ni insomnios.

Regresar a la civilización tras este retiro natural Galicia no significó olvidar los compromisos, sino aprender a habitarlos con otro compás. En medio del asfalto y las urgencias diarias, me basta con cerrar los ojos un segundo para recordar el olor a musgo y el silencio de la fraga, sabiendo que ese refugio verde sigue allí, latiendo intacto para cuando el cuerpo vuelva a pedir una tregua.